Sábado, 17 de Agosto de 2019 07:39
Domingo, 15 Julio 2018 01:15

Adiós, abuelita rajaleñera

No quiso irse de una vez por todas de este mundo sino hasta pasado el estruendo del último volador y el bullicio del San Pedro en la efervescencia de la gente en las calles

Luz Stella Luna
Luz Stella Luna Foto: Iban D. Losada

Doña Luz Stella se murió a las 10 de la mañana del viernes último en el hospital de Aipe, el mismo pueblo que la viera nacer hace 90 años. No quiso irse de una vez por todas de este mundo sino hasta pasado el estruendo del último volador y el bullicio del San Pedro en la efervescencia de la gente en las calles.

A fin de cuentas era en la cadencia de "su majestad la rajaleña", como ella lo llamaba, en donde buscó el refugio para aplazar su cita con la muerte. La rajaleña que la madrugada del San Juan de cada año acostumbraba despertarla, cuando un grupo improvisado de ruidosos copleros llegaba hasta su ventana a agasajarla, y que en su última visita le sirviera de paliativo para contrarrestar los dolores del cuerpo y del alma que desde hacía rato habían resecado también en su garganta el grito fiestero que la hiciera famosa y que había heredado de sus ancestros. Este viernes 13 se fue sin despedirse de su hija Gloria pero de si de Jerónimo, su nieto, y de la enfermera permanente que la asistió en la crisis devastadora que la sumió en la oscuridad eterna.

Doña Luz Stella había llegado por casualidad a Los Machucacuescos, el primer grupo rajaleñero creado en Aipe, y ante el desconcierto de mis tías Nubia y Marilú por el rol que desempeñaría, terminó mi papá enseñándole un bambuqueo antiguo que la convertiría en su pareja en adelante en las muchas presentaciones que tendrían. Fui testigo de excepción de los eternos ensayos que se hacían en el sopor de las noches de junio y del carisma bullicioso de aquella menuda mujer de baja estatura y ojos rasgados que parecía transformarse en cuanto sonaban tiples, guitarras y requintos al son de la puerca, el chucho, la tambora y la esterilla. Y ahí se estuvo hasta que tía Nubia un día ingrato murió y justo cuando la pena condenaba al olvido los instrumentos que colgados en los rincones sucumbían al polvo Luz Stella, atragantada de los recuerdos del viejo fiestero de su padre y el grito retumbante aún en sus oídos de las matronas anunciando el advenimiento de San pedro, conformó para ventura de Aipe y el Huila su grupo Aires de Piedra Pintada.

Lejos bien estaba de dimensionar lo icónico que se convertiría para el sentir opita su personaje de sombrero encintado de largas trenzas y tradicional vestido de la mujer campesina ataviada, además, con un tabaco del que ni los encopetados del Teatro Colón en Bogotá pudieron persuadirla lo apagara la noche en que allí se presentaron: ¡al carajo las cortinas importadas de terciopelo!, “sin mi tabaco prendido no salgo”, les dijo.

La genialidad de las rajaleñas interpretadas se convirtió en una sola con el grito que la inmortalizaría en cada rincón del país a donde eran invitados. Sencillamente era el complemento que hacía estallar de júbilo a cuantos asistían a ver a una simpática señora que en los últimos años bailó sola orgullosa frente a su grupo que entreverado en notas picarescas los llevaba hasta el clímax del “ii….que viva el Huila y su folclor!!”

Doña Luz Stella fue todo carisma. Amaba con intensidad el folclor del Huila y a su Aipe querido, como emocionada se decía cada vez que volvía a su acogedora casa atestada de reconocimientos de cada festival de música en donde arrasaban con las tonadas de un aire típico nacido en boca de los peones de las viejas haciendas y que se empeñó en grabar en la mentalidad de los colombianos. Amaba ser visitada, amaba recordar momentos congelados en cientos de fotografías que apilaba lejos de los álbumes. Cuando el tiempo empezó a pasarle factura, entonces se regocijaba recreando escenas musicales sobre yute de su grupo representado en diminutos muñecos de trapo. Amaba vivir intensamente y hasta a las piedras que se le atravesaban en su camino las pintaba de colores, con paisajes campesinos de garzas en vuelo, de aguas diáfanas que la transportaban seguramente a los paseos de antaño plagados de goce y folclor a orillas del río Aipe.

Doña Luz Stella se fue tranquila, feliz de sentirse amada. Se fue el viernes y estuvo bailando la mañana del sábado sin cesar con su faldita extendida hasta el último rajaleña que le cantaron a su cuerpo muerto en el Concejo de Aipe. La vi luego con los brazos entrecruzados fuertemente contra su pecho dando las gracias sonriente, como tantas veces lo hizo en tarima, a las 3:30 de la tarde cuando se despidió en la puerta de la iglesia atestada de quienes tanto la quisimos y admiramos. Se fue. Pero dijo que éste miércoles vuelve a su Aipe querido, esta vez para quedarse del todo.

A su memoria.

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